"Dichosos los normales, esos seres extraños." (Roberto Fernández Retamar, poeta cubano)
Desde la infancia me consideré una especie de bicho raro. La crianza que tuve, supongo, dio como resultado una persona muy tímida, al extremo tal vez. Papá siempre llegaba cansado de su duro trabajo, y mamá siempre tenía que limpiar la casa, por lo que nunca podían salir con mi hermano y conmigo, ni siquiera los fines de semana. A causa de eso mi contacto con otros niños fuera del ámbito escolar era muy pobre. En general, jugaba con mi hermano o con alguna amiguita del cole cuando iba a su casa o venía ella a la mía. Fui creciendo, acompañada de pocos amigos, en la soledad de mi cuarto, en mi casa, con mis cosas.
Ya en el secundario, mis amigas, a quienes añoro muchas veces, también eran de las más tímidas de la división. Sin embargo, con el correr del tiempo me di cuenta de que no encajaba muy bien en ese grupo. La música que les gustaba a ellas, amantes de los cantantes melódicos y de la música latina, no era la misma que me gustaba a mí. Los programas de televisión que miraba tampoco eran del agrado de mis pares. A menudo me decían que escuchaba cosas raras o viejas, que miraba cosas poco interesantes o que no me compraba la ropa de moda. Se burlaban cuando les decía que no me gustaba maquillarme, ir a las discotecas ni transar con cualquier chico más o menos grato a la vista. Cuando proponía ir al cine, por ejemplo, me aclaraban que esa no era una salida de sábado por la noche y nunca pudieron entender mi preferencia por ir a tomar algo a algún pub, para charlar un rato y escuchar música.
Pasada esa eta
pa de mi adolescencia decidí no hacer nunca más lo que no me gustaba y seguir mis principios. Me consideraban demasiado seria por mis 19 años y un poco extraña. No formaba parte de las personas “normales”, y así me lo hacían sentir, no sólo ellas sino la mayoría de la gente. Tal era la situación que en algún momento empecé a pensar en que seguramente estaba equivocada en mi manera de ser e intenté parecerme a las otras chicas, ser “normal” de una vez por todas. Traté de escuchar a Luis Miguel, mientras dejaba a Lennon de lado. Traté de aprender a bailar, para convencerme más aún de que estoy hecha de roble. Traté de dejar mis cuentos y mis dibujos a un costado, para prestarle atención a una paleta de colores de sombras de ojos y mirar vidrieras de ropa de marca. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero no pude, no me salió la transformación.
Hoy en día sigo disfrutando, con orgullo, de escuchar a Los Beatles; de leer a Tolkien, de ver en la tele un documental sobre la vida de las ardillas en Canadá; de escribir, aunque sean tonterías; y de dibujar, aunque muy bien no me salga. Y todo a pesar de lo que diga la gente, a pesar de ser un bicho raro.

