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martes, 26 de agosto de 2008

Espíritu deportivo



Siempre tuve problemas con el deporte en general. Supongo que pasaba tan desapercibida, que Beatriz, la profesora de gimnasia a quien tuve durante los siete años de primaria, nunca supo mi nombre. "Nena, vení para acá" o "Nena, andá a buscar las pelotas al salón de actos" eran las formas en que esa señora se dirigía a mí. Lo que más me gustaba de las clases de gimnasia era cuando llovía, porque nos íbamos al aula a jugar
ahorcados en el pizarrón compitiendo en varios equipos.

En el secundario las cosas cambiaron. Ahora, al menos, las profesoras sabían cómo me llamaba. "Señorita Romina, su saltó salió nulo otra vez", me dijo una en las prácticas de salto en largo. "Romina, tenés un 2", me dijo otra, cuando no fui capaz de hacer 30 abdominales en 30 segundos.

En cuanto al vóley y al handball la situación era similar. En vóley, era obligatorio muchas veces recibir la pelota con los antebrazos, lo cual casi siempre me generaba un dolor insoportable, como si miles de agujas me traspasaran el brazo al mismo tiempo. Casi me la llevo a diciembre ese año por culpa de eso. Por suerte, Lorena, a quien le iba mejor, me ayudó a entrenarme, y el último día hice lo justo para pasar la materia. Los primeros tiempos en que empezamos a jugar handball, como a mi nunca me gustó eso de andar corriendo de aquí para allá con chicas que eran bastante más fuertes que yo -y bastante más brutas- para agarrar una pelota, decidí quedarme en el arco. Al principio fue bien, pero luego, las del equipo contrario empezaron a rematar con más saña de la habitual, lo cual me provocó algunos golpes en la cara, y lo que fue peor, hizo que mis compañeras me cambiasen por otra que no le tuviese miedo al balón. Después pasó lo de siempre, cuando las profesoras elegían a dos capitanas para los equipos, y éstas tenían que elegir a sus jugadoras, yo siempre quedaba última ya que nadie me quería en su equipo, y lo malo era que durante el partido nadie me pasaba la pelota. Un día, cansada ya de que no se me prestara atención, me senté en el suelo de la cancha. Estuve así unos cinco minutos, hasta que la profesora me vió y, apiadándose de mi, dijo: "Pasenle la pelota a Romina, ella también está jugando." A pesar de que suene increíble, tuve la suerte de aprobar todos los años, por lo que no me fue necesario destinar parte de mis veranos a transpirar entrenando.

Ahora que han pasado unos años de eso, el deporte y yo estamos en tregua, aunque no sé por cuanto tiempo. De a poco me voy animando a jugar a algo tranquilo y relajante como el ping pong y hasta me engancho mirando los juegos olímpicos en la tele. Supongo que eso también es tener espíritu deportivo, aunque sea en un pequeño porcentaje.



sábado, 16 de agosto de 2008

La marinerita


Cuando estaba en primer grado, e
l juego de moda era “La marinerita”. El mismo consistía en formar dos filas enfrentadas, mientras la marinerita iba de un lado hacia el otro con las manos en la cintura y todos cantaban la siguiente canción:


Yo soy la marinerita,

niña bonita

del regimiento,

que todos los soldados

la saludan al momento.

¡En guardia!, me saludan

y me dicen al pasar:

“Marinerita, niña bonita,

yo me quisiera

casar con vos;

una semana,

de buena gana,

nos casaremos tu y yo.

Al grito de “¡En guardia!” la marinerita se enfrentaba con la persona que le tocaba en suerte, mientras los demás hacían el saludo militar, y luego la tomaba de las manos y se ponían a bailar hasta que terminaba la canción y todo volvía a empezar pasando a ser la marinerita el sujeto elegido anteriormente.

En aquel entonces, la directora del colegio era una señora con cara de bulldog y que al parecer siempre estaba de mal humor. A los más pequeños, sobre todo a los de primero, que acabábamos de salir de la amabilidad del jardín de infantes y recién estábamos entrando al verdadero mundo escolar, sus gritos y sus ojos llenos de furia nos hacían tener bastante miedo. Nunca faltaba algún compañerito que se largaba a llorar ante este tipo de situaciones. Cuando se hallaba presente ninguno se atrevía a mirarla y ni siquiera se escuchaba el ruido de nuestra respiración.

Un día, como era habitual en los recreos, empezamos a jugar a la marinerita. No debíamos ser más de ocho o nueve. De a poco se fueron sumando otros niños y niñas, de diversas edades y hasta alguna que otra maestra. Todos estábamos entonando alegremente aquella melodía, cuando de repente se hizo un silencio y todo el mundo se quedó quieto. Miré hacia un costado y ahí estaba la directora con cara de pocos amigos. Nos ordenó que siguiéramos cantando, y para sorpresa de todos se puso a jugar con nosotros. Al principio lo hicimos con desconfianza, pero al notar que se estaba entreteniendo, nos dejamos llevar por el juego. Tan felices estábamos todos, que de a poco se fueron sumando más y más alumnos y docentes, e incluso las porteras dejaron de limpiar para divertirse con nosotros. No quedó nadie en el establecimiento que no estuviese jugando. Eramos tantos que se hicieron dos filas tan largas que iban de un extremo al otro del patio, con lo cual cansaba un poco tener que ir de aquí para allá saltando y bailando.

Todo fue muy divertido hasta que sonó el timbre que indicaba que el descanso había llegado a su fin. En ese momento la directora volvió a su estado natural de perro y con la mirada llena de ira nos empezó ordenar a voz en cuello que volviéramos a nuestras aulas. De golpe empezamos a correr desesperadamente hacia adentro sin mirar hacia atrás. Todo había vuelto a la normalidad de la rutina escolar y a pesar de que la directora jamás habló de lo sucedido aquella mañana, nunca olvidaremos esa marinerita, la más larga de todos los tiempos.



viernes, 20 de junio de 2008

Atajos


Si estudiar es un camino, el machete es un atajo (Dicho popular adolescente)


En uno de los posts anteriores describí mi llegada al estrellato estudiantil al final de la escuela primaria. Algunos se habrán pensado que me quemaba las pestañas estudiando, pero no era así. Cuando empecé el colegio secundario, y esto supongo que le habrá sucedido a la mayoría, tenía muchos miedos. Todo era nuevo: los compañeros, la escuela, los docentes. Fue ese año cuando descubrí los machetes. Los primeros años sólo los miraba de fuera, viendo cómo, en tiempos de pruebas, mis compañeros se copiaban, haciendo todo lo posible para pasar de año sin estudiar. Al principio eso me parecía poco ético, aunque más tarde reconocí que tenía un cierto porcentaje de efectividad. Mi primer machete fue muy pequeño. Me había escrito la fórmula del metano en la palma de la mano, que era lo único que no me acordaba.

Hacia la mitad del secundario, me volví más reacia en lo que a estudiar se trataba, y así continuaría hasta el fin de la escuela, ya que había empezado a notar que habían algunas cosas que no me servirían de nada en mi vida posterior. Mis carpetas, siempre tan prolijas, se volvieron un rejunte de papeles llenos de apuntes de todas las materias, y aunque seguía estudiando, ya no lo hacía con las mismas ganas que al principio.

Todos los que estaban en mi grupo de amigos, que a su vez pertenecíamos al grupo de los “traga”, como nos llamaba el resto, también estaban en la misma situación. Lorena, Verónica, Corina, Raquel y Felipe, todos en algún momento, no recuerdo cuando, empezamos a copiarnos, menos Silvina. Ella era la única del grupo que siguió fiel a Domingo Faustino.

En cuarto año tuvimos una profesora de personalidad encantadora, la profesora Figueroa. Era una señora bastante mayor, pero que impartía sus clases de manera muy amena. Se notaba que la enseñanza era lo que más amaba en la vida. Ella nos hacía hacer trabajos prácticos, y sólo nos tomaba una prueba por trimestre. Lo particular es que era la única, y lo fue durante todos mis años como alumna, que nos daba no sólo los temas para estudiar, sino exactamente las consignas de cada uno de los tres temas que hacía. Había que preparar todos, por si acaso. Figueroa permitía sólo tres hojas de carpeta sobre la mesa, además de la de las preguntas. Teniendo todo tan servido, era casi imposible no tentarse. Al principio, creo que la mayoría fuimos cautelosos. Estudiábamos un poco, y el otro poco lo anotábamos en la hoja de atrás, con lo cual sólo nos bastaba levantar un poco la punta de la hoja de las preguntas y ver las respuestas del otro lado. Luego ya empezamos a no estudiar, para depender pura y exclusivamente de nuestras anotaciones. Las técnicas iban mejorando cada vez más. Yo, por ejemplo, el día antes del exámen, me ponía a resumir el texto, y luego lo copiaba en una hoja con letra casi microscópica y transparente, apoyando suavemente el lápiz. Felipe, en cambio, tenía impresora en su casa y copiaba un texto en la computadora, y luego lo imprimía sin tinta. El resultado era un papel lleno de relieves de letras transparentes, incapaz de ser visto por casi nadie. Una genialidad.

Aquel día de octubre estábamos todos un poco nerviosos. La profesora distribuyó el número de temas para cada fila de alumnos. El exámen se desarrollaba en un silencio extremo, sólo se oían los movimientos del papel que hacía cada uno. Pero eso fue demasiado obvio. Figueroa se levantó y se dirigió hacia la fila de nuestro grupo. Levantó el extremo de la hoja de Raquel, que era la primera de la fila, y le descubrió el machete. Siguió con Silvina, que no tenía nada. Luego siguió Lorena, que estaba a mi lado. El problema que tenía la pobre Lorena era que presionaba demasiado el grafito sobre el papel, con lo cual su escritura era de un gris muy oscuro, casi negro. Fue descubierta al instante. Cuando llegó mi turno el corazón me latía con mucha fuerza, y además empecé a transpirar de los nervios. En aquel momento, cuando toda mi familia me consideraba una estudiante excepcional, pude imaginar cómo se enterarían de la noticia, y la decepción que eso les causaría. Lo peor era inevitable. La profesora vería, como en Raquel y en Lorena, las hojas escritas que tenía debajo de las consignas. Vería el trabajo minucioso que me había tomado toda una tarde hacer, en lugar de ponerme a estudiar. Me tomaría de punto y para colmo la teníamos el año que viene.

Figueroa se dirigió hacia mis hojas y yo, resignada, no me resistí. Levantó la primer hoja, miró rápidamente, y siguió de largo. Me quedé temblando. No me había descubierto de milagro. Ni tampoco al resto de los de mi grupo. Siguió controlando y descubrió a varios más. Cuando terminó, se sentó en su silla, sin decir ninguna palabra. Pude ver como una lágrima rodó por su mejilla y cayó luego sobre unos documentos que había en su escritorio. Después se levantó y salió del aula rápidamente. Al día siguiente la preceptora nos comunicó que la profesora Figueroa había renunciado.

Eso provocó en mi algo indescriptible. Jamás podré olvidar aquella mirada vidriosa y llena de amargura. Eso fue lo que hizo que aquella fuera la última vez que me copiaba en clase.




sábado, 31 de mayo de 2008

La gran Romina


Recuerdo que cuando iba a la escuela, allá en mi querido y lejano Bernal, el mayor logro que uno podía esperar como alumno era el de, al final de la primaria, ser abanderado; o escolta del abanderado en su defecto. Eso si uno pertenecía al grupo de los llamados "tragalibros", esa gente que se pasa la infancia haciendo la tarea y estudiando para sacarse nueves o dieces y para recibir la felicitación de la maestra. Digamos que yo no era exactamente así, pero que siempre tuve bastante suerte en cuanto a estudiar se trataba. Hacía la tarea a veces con gusto, a veces con desgano, pero la hacía lo mejor posible. Cuando tenía que dar lección de algo del manual, por ejemplo "El aparato digestivo", sólo me bastaba con leerlo y repasarlo un par de veces para que la información me quedara en la memoria, ya que debido a mi precoz interés por la lectura siempre me ponía a leer los capítulos del libro del colegio que me parecían más interesantes antes de que la maestra los diera en clase.

Resulta que cuando llegué a séptimo grado y con mis 12 años recién cumplidos, allá a mediados de los '90, aquel sueño de todo buen estudiante se me cumplió. La fecha era importantísima, tenía que ser abanderada en el acto del 9 de julio, día de la Independencia Argentina. No podría haber sido mejor. Mi madre y mi hermano, en ese entonces un niño de 8 años, me verían allí, en aquel lugar privilegiado, y se sentirían orgullosos de mí.

Finalmente llegó el momento. Llegué a la escuela más temprano de lo normal, abrigada hasta las narices con bufandas y pulóveres que me había obligado a poner mi mamá. Apenas se asomaba el sol y, a pesar del intenso frío, se vislumbraba que sería un día muy bueno.

En unos pocos minutos empezaron a llegar los primeros espectadores, niños con sus padres, hermanos y abuelos; y junto con ellos aparecieron mis nervios.

De un momento a otro mi hermano se fue con sus compañeros, y mi madre entró al salón de actos para buscar una buena ubicación; mientras yo quedaba a merced de la maestra que me daba indicaciones expresas de cómo sostener la bandera y de cómo debía ser mi postura para demostrar mi patriotismo y la honra que me producía estar ahí.

En un instante me prepararon. Me pusieron la banda, de un terciopelo muy suave, y me dieron la bandera, de una tela delicada y tersa, con un sol bordado con hilos dorados que destacaba en la franja blanca como el sol en el cielo, el asta de una madera muy brillante y en el extremo superior, un adorno metálico. Así como lo cuento, todo parece perfecto, pero había un problema. A pesar de tener 12 años, era bastante delgada, una de las más pequeñas de la clase; y la bandera que yo tenía que sostener me resultaba un tanto pesada y difícil de llevar.

La directora empezó a hablar en el salón de actos, mientras yo y los dos escoltas que iban a mi lado esperábamos afuera para entrar. En aquel momento me carcomían los nervios y me hubiera gustado salir corriendo, pero la señal de "... y ahora damos paso a la bandera de ceremonias..." ya había sido dada.

Recordé las indicaciones de mi maestra, erguí mi espalda, puse la bandera en alto y crucé la puerta. Creo que nadie había hecho demasiados cálculos, y yo no iba a imaginarme que aquello podía pasar. La puerta era demasiado baja para entrar con la bandera en alto, y la punta de ésta chocó con la parte de arriba de la puerta e hizo un ruido que destacó en medio del silencio. Luego de eso una lluvia de carcajadas del alumnado inundó la sala y provocó en mí una vergüenza terrible.

En la escuela se acordaron durante mucho tiempo de ese día, e incluso se hacían bromas a los abanderados de futuros actos escolares, -"Tené cuidado, no vaya a ser que hagas la "gran Romina"-, decían.
Eso me daba mucha bronca, pero si me enojaba era peor, por ende opté por resignarme y aceptar las burlas.

Por suerte ese fue el último año de primaria.