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viernes, 13 de junio de 2008

Trotamundos

Recuerdo que desde chica sentí una gran atracción por todo lo que se encontrara muy lejos de mi casa. Me encantaba viajar a otros sitios, distintos a mi entorno. Vivía viajando. Cuando no podía hacerlo de manera física, lo hacía mentalmente. Abría el atlas de la Argentina y me ponía a seguir rutas con el dedo índice. Así fui desde Buenos Aires a La Quiaca y de ahí hasta Ushuaia, pasando por mil lugares, creando en mi cabeza montañas y llanuras, desiertos y playas, ciudades y pueblos.

Con el correr de los años, salí de mi país, y empecé a visitar otros. Me tomé miles de aviones imaginarios y crucé océanos y continentes. Me fuí a Canadá, a Australia, a Venezuela. También conocí parte de Europa y de Asia, y en África hice varios safaris.

En un momento de mi adolescencia, esa etapa de la vida en la que uno es más soñador que en ninguna otra, se me ocurrió irme a vivir a los Estados Unidos cuando fuese más grande. Años más tarde descarté dicho país, y me pareció mejor idea mudarme a alguna nación europea. Mamá me decía que tenía que dejar de fantasear, que nunca podría viajar a esos lugares tan recónditos, ya que para eso hacía falta mucha plata. Y aunque yo sabía que tenía razón, mis ansias de conocer el mundo fueron in crescendo.

Gracias a internet, pude conectarme con gente de otras regiones y conocer un poco cómo eran y cómo vivían. Todas las semanas abría mi casilla de correo electrónico y recibía, con ansias, mails de aquellos amigos virtuales. Sin embargo, el tiempo hizo que dejara eso de lado, y continúe con mi vida “real”, por llamarlo de algún modo. Con la edad me había dado cuenta que era muy complicado viajar y, más aún, vivir en otro país, por lo que me limité a seguir soñando. Y lo seguí haciendo, hasta que el destino de mi vida cambió.

Ahora estoy aquí, escribiendo desde el otro lado del “charco”. Jamás me lo hubiera imaginado, aunque suene contradictorio. Internet, nuevamente, me ayudó a conectarme con otras culturas, con otra gente, y, gracias a eso, tuve la oportunidad de conocer a un ser muy especial. Pero eso ya es otra historia.


lunes, 9 de junio de 2008

El blanquito



Cuando era una niña, los viajes en colectivo me parecían una especie de travesía, y más aún si ibamos a la Capital. Cuando viajábamos sentados, lo disfrutaba mucho, porque iba cómoda y mi mamá siempre me dejaba ir del lado de la ventanilla. Observar el paisaje urbano era, y es aún hoy en día, algo que me atraía muchísimo. Lo malo era cuando nos tocaba ir parados, y peor si era por la mañana temprano. El colectivo lleno de gente, todos apretujados y moviénsose por inercia cada vez que el conductor ponía el pie en el freno, y así durante casi una hora. Eso lo detestaba. Pero bueno, en esa época, los viajes en colectivo sólo eran eso para mí, y no tenía que preocuparme por saber dónde tenía que bajarme o dónde tenía que tomarlo para volver a casa. Sin embargo, esos tiempos duraron lo que un relámpago.

Tuve la suerte, o la desgracia en aquel entonces, de usar ortodoncia, con lo cual mi visita al dentista era muy frecuente. Como el consultorio estaba en el centro, siempre me llevaba mi mamá. El problema fue que ella había conseguido un trabajo, y no podía pedir permiso todas las semanas para llevarme, así que me dijo que la próxima vez que tuviese turno, iría yo sola. Al oir aquellas palabras, el miedo invadió mi ser, y me puse a llorar y a dar patadas al aire como la niña caprichosa que era. ¿Cómo podía ser posible que mi madre, la persona que me cuidaba en todo momento, me dejase abandonada a mi suerte de este modo? Mamá, al ver mi actitud ante esta situación, aplicó sus técnicas de psicología infantil para calmarme:

-Vas a ir igual, te guste o no te guste, ¿entendiste? - me dijo con la mirada seria.

Sí, había entendido perfectamente, no me quedaba otra. Tuve que asumir que iba a embarcarme en un viaje hacia la gran ciudad, hacia un mundo lleno de gente y de lugares desconocidos para mí. Y eso me aterraba. Mamá, que siempre fue muy protectora, también tenía su cuota de miedo, aunque no me lo demostraba.

-Es fácil. Tenés que tomarte el blanquito y bajarte antes de la Casa Rosada. De ahí ya sabés el camino que tenés que seguir -, me dijo.

Aquel jueves por la mañana tenía turno con el odontólogo, y aunque sabía al pie de la letra lo que debía hacer, estaba un poco asustada. Agarré mi mochila, puse los walkman y unos cassettes, y me dirigí hacia la parada del colectivo.

Esperé durante un cuarto de hora hasta que finalmente el blanquito apareció. En realidad era el 159, pero la gente le decía así cariñosamente porque era de color blanco. Subí, saqué mi boleto y me senté en un asiento del lado de la ventanilla. Poco a poco el colectivo se fue llenando.

Luego de haber cruzado el
Riachuelo, decidí no despegar mis ojos de la ventana, no quería pasarme ni bajarme antes de lo debido. Vi el Parque Lezama y la Facultad de Ingeniería. El ómnibus ya estaba casi vacío, cuando de repente, en el horizonte la ví. Era lo que me indicaba que tenía que descender. Toqué timbre, mientras me preguntaba qué estaría haciendo el presidente en aquel edificio tan bonito.

Llegué al consultorio del dentista sin problemas, y en más o menos una hora estaba fuera. Busqué la parada para regresar a mi casa y tomé el colectivo de vuelta. Me sentía muy bien porque todo había salido perfecto. Además, el temor había pasado. Puede que parezca una tontería, pero en aquel momento me sentía la dueña del mundo. Había viajado sola, con 12 años, a la Capital, y eso para mí había sido toda una hazaña. Me senté atrás de todo, esta vez el colectivo estaba prácticamente vacío. Con una sonrisa en mi rostro saqué los auriculares y me puse a escuchar un cassette de Roxette que encontré en la mochila .